Carles Puigdemont Generalitat

Salvar al soldado Puigdemont

Hace unos meses afirmaba, como me han recordado algunos seguidores en Twitter, que el lugar más seguro para Puigdemont era una cárcel española. Ahora añado, e incluso haría hincapié, en que fuera española pero fuera de Cataluña. Esto viene a raíz de lo publicado en las últimas horas, donde una noticia sobre las nuevas costumbres del expresidente viene a confirmar nuestro avance, de hace meses, acerca del miedo que reina en Waterloo. Según el columnista Salvador Sostres, Carles Puigdemont ya no sólo se mueve con chaleco antibalas, sino que incluso hace probar su comida a algunos de los Mossos que le escoltan.

Quizás alguien piense que eso no deja de ser otro desvarío del personaje. Quienes investigamos su pasado, desde el famoso bachillerato, hasta sus delaciones inconscientes en la trama de 1991, creemos, en esta ocasión, que su actitud es consecuente. En los lejanos días previos a los Juegos Olímpicos se vio obligado a huir y a buscar refugio en un camping olvidado de la Costa Brava. Seamos claros. No era más que un chivato con la lengua excesivamente larga cuando alguien le hacía caso. Lo que largó, y lo que no largó, no tenía un día después ninguna importancia.

Carles Puigdemont Generalitat

Pero ahora es diferente. Carles Puigdemont, por su cargo, sabe demasiadas cosas que mucha gente, en estos momentos de pactos oscuros, preferiría que no salieran a la luz. Ahora ya no vale una depresión en cualquier lugar perdido de Europa. Hay demasiado en juego. Él lo sabe, y sus amigos, ninguno, y sus enemigos, todos, son bien conscientes.

En este oficio de analizar los acontecimientos, algunos pensamos que ahora sería un buen momento para ofrecer a Carles Puigdemont —nunca ha sido nadie, pero sabe demasiado—, una salida digna. Otros le llamarían un exilio dorado. En todo caso, algo que suponga mover pieza y deje bien claro que algunos pasarán decenas de años en la cárcel.

El gran problema es que el capital político de España tampoco está por la labor de salvar al soldado Puigdemont. Porque al final, aunque algunos se sorprendan, Puigdemont estaría mucho más seguro en una cárcel en España que pululando por Waterloo. Cuando uno sólo tiene amigos entre sus mayores enemigos es el momento de reflexionar. El problema del expresidente, en absoluto menor, es… ¿Con quién debe o puede hablar?

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