Oriol Junqueras: el diablo viste de cura

Aquellos que hace tiempo escribimos sobre el ‘procés’ somos conscientes que el gran muñidor, el líder, el director de escena siempre ha sido Oriol Junqueras. No por ser el más listo de la clase, sino por ser simplemente un tuerto —no en sentido literal obviamente— en medio de tantos ciegos. La historia de Oriol Junqueras es, por otro lado, desconocida. No solo en el resto de España, sino, y aunque sorprenda a muchos, incluso en buena parte de Cataluña. Tiene ese currículum trufado de lugares comunes e incluso historias embellecidas. Ni una mala palabra, ni un dato objetivo, ni nada que salga del espectro de un líder que ha creado una imagen para no salirse de ella.

Recordemos que todas sus biografías comienzan con su traslado de Barcelona ciudad a un pueblo, Sant Vicenç dels Horts, al sur de la capital. El encuentro fortuito allí con unas monjas, en un ambiente tan bucólico, explica su historia, ya que lo llevaron a estudiar al Liceo Italiano. Ya ven que era extraña la Cataluña obrera de los 70, donde las siervas de Dios recorrían los campos buscando almas para darles una buena educación. Olvida el preso Junqueras, en su historia real, sus orígenes blindados a la heráldica e incluso ese nicho en la capital catalana heredado en los años 80 por una antepasada directa de alta alcurnia y conocido apellido burgués. Ya sabemos que un buen republicano debe aparentar más que ser, y el personaje no se aparta un milímetro de su creación.

Como aquel pájaro espino televisivo, Junqueras cultivó su amor por su imagen. Con cero experiencia profesional, y una tesis con muchas dudas a lo Pedro Sánchez, ya tenía su propio programa en TV3 hace, nada más y nada menos, que 20 años. Allí creaba la nueva historia de Cataluña con la complicidad de Toni Soler, esa máquina de conseguir dinero público con sus programas de humor antihigiénicos. Amistades peligrosas siempre al acecho de los billetes de todos. Pero como sus héroes medievales, Junqueras debía partir a conocer mundo. Las cruzadas eran excesivo manjar y optó por la comodidad de Bruselas. Allí, acabo de crear su historia. Magnificó su pasado con el único fin de maltratar la historia reciente de Cataluña. Un fin que podría ser lícito en el fondo, pero nunca en la forma. Oriol es alguien que siempre ha vivido desde el poder feudal, como sus antepasados en aquel castillo del interior de Cataluña, medrando gracias a ese intangible de los contactos oscuros. Uno más su amigo Pablo Iglesias. ¿Qué dirán ahora las bases de Podemos ante la pleitesía de su líder al antiguo señor feudal?

Aunque quizá deberíamos también inquirir a todos esos catalanes devotos del preso. Esos que reparten carnets de catalanidad podrían ser preguntados si cuando el diablo se viste de cura para esconder bajo su sotana un pasado imaginario es mérito suficiente para ser dueño y señor de Cataluña. Porque, al final, la historia de Oriol Junqueras no es esa que siempre se había explicado de nuestra tierra, esa de un pueblo de comerciantes y esforzados. Sino más bien parece sonar una canción de trovadores medievales sobre un pueblo de familias, castillos y señores feudales.

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