El lazo amarillo de Colau

Si en un hipotético retorno al pasado, por ejemplo principios del siglo XIX, pudiéramos entregar unos vídeos de Ada Colau a Mary Shelley hubiéramos asistido a la creación de un monstruo peor que Frankenstein. Un personaje nacido del mal pero que encaja como ‘cariñoso’ en los ámbitos más reacios a vivir en sociedad.

Ada Colau es la mezcla del todo. Si habla una lesbiana, ella lo ha sido, si hay un robo, ella lo ha sufrido, si hay una persecución, ella lo ha tenido. Ada Colau es el todo social. Toda la vida pasa por sus vivencias aunque probablemente ninguna de sus vivencias haya sido parte de esas historias. La imaginación de la composición de lo humano en partes tiene esa capacidad de ser un todo, siendo simplemente nada. Tener cuerpo sin tener alma.

En la retirada del lazo amarillo del Ayuntamiento la noche del jueves ha pasado algo parecido. Como novedad, ¡Ada Colau ha aceptado una orden! Alguien que sí por algo se ha caracterizado en su vida es por infringir o bordear la ley. Todavía no sabemos qué parte de su cuerpo hecho de otras personalidades ha decidido acatar la decisión. Aunque, supongo, será el de la supervivencia sumisa al flotador del dinero público. Nunca, en su vida, había cobrado tanto, pero sobre todo nunca había sido peloteada tanto. Y eso, con un ego desmesurado, no sólo le gusta sino le da placer.

Ada Colau ha hecho números. Con un independentismo en el límite inferior al 50 % en la capital, bastante menos en los barrios que le dieron el triunfo (Nou Barris y Sant Martí) es conocedora que el votante independentista tirará por ERC, y en menor medida, por Puigdemont. Su votante tradicional, sus apoyos, no giran en torno al eje nacional sino al eje social. Y, en ese campo, mantener el lazo puede ser más una perdida de votos que una ganancia.

La retirada del lazo amarillo de Colau es la constatación que no asistimos a una política de cuerpo entero, sino como Frankenstein a alguien formado por partes desconocidas, cuyo único fin es lograr el alma que nunca pudo tener en vida. Y cuando en política general alguien juega con las partes según interés puede ser interesante. Aunque en lo terrenal de la política local es, claramente, en un error. Aquí importa mucho el alma de los candidatos, el día a día, el conocimiento urbano, y sobre todo la uniformidad de criterio.

Cuando alguien como Ada Colau vive de sus partes simplemente se convierte en un personaje, definido así porque siempre actúa, peligroso. La peor alcalde de la historia Barcelona es incapaz incluso de mantener el criterio en algo tan sencillo como un lazo amarillo. Algo tan sencillo como diferenciar su escasa personalidad con una ciudad variada donde el ayuntamiento debe ser un todo no una parte. Ella puede ser Frankenstein, Barcelona no. Y esa disyuntiva para gestionar una ciudad es un problema. Un gran problema.

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