No olvidemos: somos unos afortunados


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Estamos en un tiempo donde las malas noticias cabalgan sobre nosotros. Es abrir un diario, bien en papel bien en digital, y somos asaltados impunemente por como mínimo los cuatro jinetes de la apocalipsis. En la época del nuevo Testamento estos eran la enfermedad, la guerra, el hambre y la muerte. Siglos más tarde, a principios del s.XX, Blasco Ibañez bautizó la enfermedad como la peste. ¿Y ahora?

Pues ahora hablamos de la corrupción, de los deshaucios, algunos incluso de la huida del país en búsqueda de mejores oportunidades. En definitiva caballos menores en comparación con nuestros antepasados. Sí, reitero, ¡menores! Triste pero cada vez escuchamos más quejas por temas claramente solucionables. Y a veces, hasta olvidamos que somos unos afortunados por vivir en el momento histórico en el que estamos.

¿Enfermedades globales?, a pesar del desmesurado interés por el ébola, seamos francos, hay pocas. Nos morimos de viejos, de accidentes de coche o de infartos, pero ya no de pestes o gripes como hace 100 años.

¿Guerras? Quizás ya ni los abuelos de muchos de nosotros se acuerdan de la última. ¿Hambre? Quizásdeberíamos preguntarles a los padres de esos abuelos que era el hambre y el racionamiento. Y ¿muerte?, vivimos más años que nunca. Cuando pensaron en las jubilaciones a los 65 años la gente apenas vivía 60-70 años, y ahora pueden disfrutar muchos más años, medias de 80-90 años.

Pero nos quejamos, algunos más que otros, y lloramos como inmaduros por querer las facilidades que la humanidad jamás ha tenido en siglos. Para más inri nos quejamos los españoles cuando a pesar de nuestros corruptos – no hay peor personaje que el político ladrón de dinero público – somos unos grandes privilegiados. Nadie nos prohíbe hablar como en otros países, nadie nos prohíbe tener ideas, nadie nos impide viajar con nuestro pasaporte a casi cualquier país del mundo.

Esos que tanto critican deberían pasearse más por el mundo y confirmarían, a pesar de todo, que somos unos afortunados por haber nacido donde hemos nacido. Aunque algunos confunden los derechos con los deberes.

Creen que nacer en un lugar es un privilegio que se ha ganado por el simple hecho de nacer. Y ahí se equivocan. Si somos afortunados no ha sido por el espíritu santo, sino porque para llegar a aquí muchos se han esforzado en el camino. Por eso, y más ahora que nunca, hemos de creernos afortunados, pero seguir luchando para que nuestros hijos lo sigan siendo. El camino como decía el poeta se hace caminando.

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